martes, 7 de junio de 2011

¿qué hacer?


Aprovecho que ando unos días por Carcelona para acercarme a ver a mi querido Jordi Carrion. Nos ponemos al día. Su mujer está en Nápoles, la mía en Rosario. Hablamos de ellas y dejamos de fondo la tele puesta, a modo de banda sonora. Seguimos de celebración. Hemos ganado la Champions. La hemos ganado. Y cómo la hemos ganado. Esto sí es una victoria estética. Ahora toca celebrar y Messi parece borracho, Alves parece actor y Piqué parece intelectual cuando suelta el único parlamento con un mínimo valor literario: ni nos drogamos, ni nos tiramos, ni compramos árbitros, sólo jugamos al futbol. Un minicuento casi. Con Jordi coincidimos que a esta celebración le falta un buen director escénico. Un poco de espectáculo, señores. Espectáculos de realidad, por favor. Si jugamos tan bien al futbol, también deberíamos celebrarlo con estilo. En literatura pasa lo mismo. Los autores más experimentales, cuando llega la hora de presentar su trabajo, lo hacen de la misma previsible y aburrida manera que los autores más convencionales. El futbol es así, que diría el filósofo. Y la literatura, también.

Con Jordi saltamos de un tema a otro y en un momento le suelto: ¿por qué no hablaste de Treme en Teleshakespeare? Es una joya, llevo 4 capítulos y estoy alucinando, es la primera serie musical, es una serie política, es una obra de arte. Jordi me mira raro, me deja hablar y cuando termino me recuerda que el penúltimo capítulo de su excelente libro está dedicado justamente a Treme. Consigo apenas disimular mi vergüenza que sólo disminuye más tarde, cuando leo ese capítulo en casa. Y disminuye un poco más cuando constato que sí, que su análisis es certero, pero que no, que yo discrepo, y entonces pienso, tengo que escribirlo esto, se lo debo. Y es que David Simon lo ha logrado de nuevo. Ha creado otra obra maestra, la primera serie musical de verdad, organizada alrededor de la música, escrita con la música en la cabeza, un musical de autor en formato serie, una genialidad. Y no es, como sostiene Carrion, una serie elitista. No. Que se joda el espectador medio, de acuerdo, pero esta serie puede disfrutarla el maldito espectador medio. O no, yo que sé, ¿qué coño es el espectador medio?

Mientras suena Shakira en este bar de Nou Barris en donde me exilio en busca de una conexión a internet, recuerdo que una de las mejores estrategias políticas del siglo XXI fue la del insólito nuevo alcalde de Reijkavic, que exigió a los políticos que quisieran pactar con él para formar gobierno en la capital de Islandia haber visto las cinco temporadas de The Wire. Un gesto como éste es el que hubiéramos esperado de Obama, en esa época que ahora parece tan lejana en la que confiábamos en él y en su entorno intelectual. Al menos ahora podría pedirles a sus colaboradores que vean Treme. Total, es una temporada y pico apenas, que la vean, que la disfruten y que piensen. Como le dijo Johann Cruyff una vez a Stoichkov: piensa, Hristo, piensa. Quizás, la mejor orden táctica que un entrenador ha generado en un estadio. David Simon debe haber pensado mucho para lograr algo muy difícil: entretener y hacer reflexionar, divertir y generar espíritu crítico, televisión y arte contemporáneo. Algo así consigue Guardiola con este Barça que emociona. Danza contemporánea y solidaridad obrera. Nuestro futbol es de izquierdas, todos hacen de todo, declaró Pep hace unos días. Y no, yo creo que no sea de izquierdas, es futbol libertario, vanguardista, da-da. Una suma de individualidades. Como los indigados del 15-M. Como la Spanish Revolution, que no quiere saber nada de líderes ni de gregarismos, ni de mensajes para las masas. La revolución será personal e individual o no será. Luego nos juntaremos esas personalidades o individualidades, quizás, o no, si tenemos ganas. Pero el cambio siempre es intransferible, lo vive uno sólo, está en la mente, en el cuerpo, en el alma. Y es un trabajo de cada día. Si no fuera tan friolero me haría islandés.

Indignarse es el primer paso. El segundo debiera ser infiltrarse. Y el tercero, el tercero sólo puede ser la acción. Pero, ¿qué hacer? De momento escribir. Parece ser que se confirma. A finales de año Carcelona será un libro. Gracias a Melusina y a su editor, que desde su refugio en la parte alta, sabe bien qué hacer...

En mi vuelo de regreso a Buenos Aires, la ciudad jaula, leo a Juan Filloy
"Todo viaje es una evasión... El hombre vive de dos maneras: ya en la soledad, espulgando sus preocupaciones, ya en la intemperie de la estupidez ciudadana, condicionado por los demás. ¡Dos cárceles! Partir es haber hallado la tangente que conduce hacia el azar, después de abrirse paso en la timidez de un largo interrogatorio. Quien escapa a la vigilancia interior contempla desde afuera, jocosamente, la celda personal. Y se despide de ella para siempre, “por haber ganado -como juzga Paul Morand- su proceso contra el hábito"

martes, 29 de marzo de 2011

mr mauri


Mr Mauri
Estreno viernes 25 de marzo a las 5 de la tarde
(en una mesa panóptica)

Llego pocos minutos antes de las cinco. Busco rápidamente la mesa con una mejor perspectiva. Consigo una mesa panóptica, sin saber muy bien qué significa el palabro, con una panorámica de más de 180º. El joven apuesto se acerca. Le pido un café solo. Llega Ignasi. Se sienta a mi lado. Le cuento un poco sobre mi fugaz viaje a Madrid. Hablamos un poco de Patricio Pron y sus cuentos. El mozo se acerca e Ignasi, que ha venido preparado, le suelta sin más preámbulos la primera de las 5 preguntas que nos ha mandado Vivi: ¿tienen helado? Sí, responde teatralmente, tenemos de leche merengada, de chocolate con fresas, de... ¿y sorbete de mandarina? Interrumpe Ignasi, para bajar -y mientras lo dice hace un gesto con las manos como si dirigiera la comida desde el esófago hasta el intestino- he comido mucho... El joven hace unos de sus habituales desmesurados gestos faciales y responde: no, lo siento, no tenemos. Bueno, pues tráigame un vichy, concluye mi compañero de mesa. Pasan quince minutos ya de la hora convenida cuando entra Cristina, que rápidamente envuelve la atmósfera con su encanto. Le regañamos levemente por su retraso -ya se sabe, el teatro no espera a nadie- y le instamos a preguntarle al joven si cree en el amor a primera vista. Cristina sigue nuestras instrucciones y conseguimos desconcertar al protagonista de esta pieza. ¿Por qué me pregunta esto? ¿le recuerdo a alguien? Cristina sonríe. El mozo se aleja pero regresa al instante, ahora me he quedado con la duda, luego me lo cuenta, insiste. Lucho por contener la risa. Me doy cuenta de que está ligando con Cristina! Tarda un rato en regresar, es que iba de bólido, dice, y en ese momento aprovecho para meter baza: ¿y tú cómo te llamas? Me llamo Pablo, tengo 26 años. Tú cara me es familiar, apostilla Cristina, ¿dónde vives? Por Gran Via Hospitalet, antes estaba por les Corts, responde sin dejar de mover los labios, los ojos, los pómulos, con una expresividad más propia del cine mudo que de una pastelería tradicional catalana. Pues no sé de qué me suenas, yo soy de Sants, continúa Cristina juguetona. Cuando Pablo nos deja para atender a otros clientes comentamos que a esta hora el perfil de cliente de Mauri es la pareja madre con hija, la madre alrededor de los 50, la hija veinteañera... Asumo el rol de notario y voy tomando notas en mi moleskine negra ¿Te gusta cantar? Le pregunto cuando regresa. Cantar no, pero bailar sí, me apunté a un curso y ahora soy instructor de hip hop, nos explica orgulloso. Es una lástima porque con esa voz, le dice Ignasi. ¿Le parece? La tengo desde los 16 años, recuerda. Muchas gracias, muy amable, repite varias veces durante nuestros intercambios dialécticos. Aunque no cantes, ¿cuál es tu canción favorita? Una de Marley o de Michael Jackson, responde rápido. Pero cuál concretamente, insisto. One Love, por ejemplo, aclara Pablo. A esta hora, pasadas las seis, Mauri se ha llenado. Ya no sólo vemos a madres con sus respectivas hijas sino a señoras mayores acompañadas de otras señoras mayores, a gays de diseño e incluso a un grupo de australianas post-adolescentes que viajan acompañadas de un canguro de plástico al que envuelven en la bandera australiana y con lentes de sol y al que alimentan con café con leche. Pablo anda atareado con unos bizcochos y decidimos lanzarle la última andanada. Tú eres un hombre con suerte, ¿verdad? Le suelto. ¿Por qué lo dices? Responde azorado. Yo creo que sí, ahora sí, mi peor época fue la adolescencia, los 17 años, ahora en cambio ya tengo todo lo que quiero, asegura Pablo. No hay nada más aburrido que un hombre que no se aburre, continúa, ya lo dice la canción. ¿Qué canción? Preguntamos los tres casi al unísono. Una de Tote King, el rapero sevillano. Y es que nuestro nuevo amigo es un fanático del hip hop. Antes de terminar la función, nos entrega un papel con su nombre, Pablo B. A., y con cuatro lugares de Barcelona donde se puede escuchar buen hip hop. Si vais conmigo no pagáis, asegura. Son el Roxy, para los martes, el Bikini, para los miércoles, el Jamboree, siempre, y el Otto Zutz, del que no especifica detalles. Pareciera que ya estamos listos y entonces a Ignasi le entra un antojo y pide las famosas croquetas de rape. Las acompañamos con una coca cola que compartimos entre risas los tres espectadores dirigidos a distancia por la gran Vivi Tellas, inspiradora de esta obra de teatro documental que cualquiera puede disfrutar, de lunes a sábado, de 2 a 9 de la tarde. Aprovechen. Es un lujo. Y es que Vivi lo ha hecho. Ha estrenado por fin en Barcelona. Pocos la han visto pero muchos jurarán que ahí estuvieron. Una obra de teatro encontrado. Una obra relacional donde, aquí sí, el público la completa. Ha sido el colofón a una semana intensa. Empezó el viernes en Mauri y terminó una semana después en el mismo lugar, tras una sentida despedida a las puertas del Reina Sofía. Hubo tiempo para hablar de la familia, de los filósofos con bigote, de los rabinos, de los djs, del teatro de la vida y de la vida en el teatro. Es más que probable que esto haya sido el inicio de una gran amistad.

Preparando la mesa con Vivi Tellas que compartimos en Madrid, me encontré con este texto, que ahora me parece se conecta con Mr Mauri
"Sin proponérmelo, todos los archivos rozan el problema de la extinción de un mundo, una sensibilidad, una manera de vivir. Son obras sobre “los últimos que...”, sobre “lo que queda de...”. Escuela de conducción es sobre las ruinas de un mundo donde la relación entre hombres y mujeres funciona como una dialéctica blanco/negro, hecha de antagonismos, que a la vez construye una teatralidad muy fuerte. Como el binarismo es falso, los que se empeñan en sostenerlo se ven obligados a sobreactuarlo. Hay que actuar de Hombre, hay que actuar de Mujer. Cuando un mundo se extingue cae en una especie de desuso y puede volverse increíblemente poético. Esa ineficacia me lleva inmediatamente al teatro. La extinción es un UMF. Es lo que pasa con los objetos exhibidos en un museo. O lo que decía Thomas Bernhard de los diarios “de ayer”, que pierden su eficacia, su razón de ser, y pasan a formar parte de un mundo poético. Siguen cargados de pólvora, pero la pólvora ya ha dejado de matar".

lunes, 14 de marzo de 2011

ciencia ficción


no se hacia donde irá
no se si te gustará
llevo noches sin dormir
pensando en presentar

qué vas a hacer con tanto material
me dice roger bernat
al salir de medialab
y no se contestar

yo pensaba que estaba trabajando
yo pensaba que podíamos hablar del material
yo pensaba que el blog ya era un formato
pero algunos me decían:
"¿cuándo vas a empezar?"

me gusta investigar
me gusta a medio acabar
no lo quiero definir
tal vez no es muy normal

yo pensaba que estaba trabajando
yo pensaba que habí avanzado e igual no
donde algunos veían resultados
los otros me decían:

"¿cuándo vas a empezar?,¿ a dónde llegarás?,
¿cuándo va a terminar?
y eso que tienes de la charla es muy poco teatral"


Esta última frase debería haber cerrado la presentación de Ciencia Ficción. No porque los diez minutos siguientes fueran prescindibles, ese material se podría haber presentado antes del proceso, sino porque la letra de la canción, la música aún no está lista, explica, a mi juicio, la propuesta de Cristina Blanco que vimos el sábado en el CCCB. Lo explica tan bien que decidí seguirla a pies juntillas para escribir este texto.

Empecemos por el primer párrafo. No tener clara la meta puede ser un error fatal en, por ejemplo, el atletismo, pero en las artes escénicas acostumbra a ser una buena premisa para empezar el proceso de trabajo. Demasiadas propuestas nacen muertas por la pretensión de llegar a un determinado lugar en un determinado momento, sacrificando lo que sea necesario por el camino, ya sea un saco de emociones o una papeleta de ideas. Asimismo, dudar de la aprobación del público debería ser un sentimiento inherente a un creador pero, insólitamente, la aprobación de la platea se ha convertido en lo único seguro que sucede en una sala: al final el público aplaude. Y aplaudir, muchas veces, significa eludir la responsabilidad que uno tiene como espectador. Aplaudo y a otra cosa. Vale la pena dudar del aplauso. Sorprende la falta de obras en donde el director impida, con alguna sutil estrategia, el aplauso. Dicen que Grotowski lo hacía. Respecto al insomnio, sabemos, porque la conocemos, que Cristina Blanco lo pasa mal antes de cada presentación y sabemos también que la Blanco anda últimamente en una nube negra desde la que cuesta visualizar su futuro. Demasiada ciencia tal vez. O demasiada ficción.

El segundo párrafo lleva las reflexiones del qué dirán, que siempre preocupan al que se expone, a lo que conocemos como el "establishment" cultural. Por mucho que le pese, Roger Bernat ya hace tiempo que abandonó el underground. Sin ir más lejos, sus obras ya son reversionadas, a menudo de manera poco afortunada, pocos meses después de haberse presentado (¿o no parecía Orma una versión technopop de La Consagración de la primavera?). Así que escoger a Roger como interlocutor en una canción sobre el proceso no puede ser gratuito ni aleatorio, por mucho que quizás sea cierto que Roger estuviera ese día en el Medialab, el otro referente institucional del párrafo, e incluso que formulara la pregunta adecuada en ese momento, pregunta ante la cuál, era de esperar, Cristina Blanco no tenía, ni tiene, respuesta.

A continuación llegamos a lo más parecido a un estribillo de esta canción en proceso. Yo pensaba que estaba trabajando, se justifica la creadora ante una audiencia que no se lo pide y que ríe complacida, o identificada, o solidaria, o... Yo pensaba que podíamos hablar del material y sí, claro que puede, de hecho toda la obra consiste en eso, en hablar del material, en una especie de formato nuevo que vendría a ser un híbrido de conferencia TED con stand-up-comedy (y perdonen tanto anglicismo) con venid a casa que os pongo unos youtubes. Algunos también pensábamos que el blog era un formato hasta que nos dijeron que ya caducó, que el libro tiene más valor, que no puedes malgastar tu talento en algo que se lee y se olvida, que el papel, digo la escena, tiene más peso, que lo virtual es pasajero y lo presencial eterno... ¿les suena? Y sí, uno cree que trabaja y resulta que no, que hay cosas que son trabajo y otras no, hay obras en proceso y otras terminadas, hay obras que ofrecen apenas preguntas y otras que imponen respuestas, y que es más fácil optar por las segundas, simplemente porque sólo te exigen que aplaudas al final. Nada más.

El siguiente párrafo de la canción ofrece una nueva clave de la propuesta: la investigación. La búsqueda de material, la búsqueda de nuevas estrategias de comunicación, la búsqueda del sentido de la propia propuesta. Sin corsés, sin ataduras, sin definiciones. Por ahí, intuyo, circula ciencia ficción.

A continuación volvemos al estribillo con pequeñas variaciones y con esas preguntas que martillean el cerebro de un creador y que normalmente son formuladas por programadores, gestores, críticos u otros intermediarios entre la obra y el público, o peor aún, preguntas formuladas por colegas del gremio, puede que directores con los que se ha trabajado y que se caracterizan por su milimétrica precisión, preguntas que más vale tomarse con buen humor y que culminan, en la canción, con un lapidario: esto es muy poco teatral.

Me hubiera gustado que esa frase fuera la última de Ciencia Ficción, ya lo dije, y creo que parte de los que estábamos allí pensamos lo mismo y reaccionamos efusivamente ante ese giro poco teatral, ya que si algo define un festival como LP justamente esa poca teatralidad que reclaman los que dirigen el enésimo Chejov o Shakespeare con vestuario de época. Y es que esto de la ciencia ficción es muy poco teatral.

miércoles, 2 de marzo de 2011

El juguete rabioso


La cosa fue más o menos así. Un día estábamos en casa de Gonzo escuchando música, temas y más temas de los cuáles no tendría jamás conocimiento sino fuera por estas sesiones a domicilio de Gonzo, o de David Bridge, su cómplice en esta asociación que bautizamos como los Djs a Domicilio, unos Djs que tanto se animan a poner discos en una sensual terraza con vistas al Mediterráneo (desde las alturas, Carcelona es casi una ciudad sexy) como a desplazarse 200 kilómetros para celebrar un cumpleaños en una hipnotizadora casa a las afueras de la Seu d'Urgell. Como decía, estábamos David, Gonzo y yo como afortunado invitado, en ese bizarro apartamento de la calle Sepúlveda donde vive Gonzalo con su hija y en donde a veces alquilan la otra habitación exóticas guiris, estábamos ahí los tres hablando, probablemente de mujeres, preparando un fondue de carne, cuando escuché, por primera y última vez en la noche, unos acordes que me sonaban, unos sonidos reconocibles, un tema conocido ¡por fin! Era State Trooper, de Bruce Springsteen, del disco Nebraska, seguramente el disco menos escuchado del Boss pero que yo conozco perfectamente porque sí, todo el mundo tiene un pasado, y del mío forma parte Springsteen, tanto que diría que aprendí inglés traduciendo las canciones de The River, o incluso me atrevería a afirmar que mi cada vez más asentada vocación de fugitivo se debe en gran parte a Born to Run. Pero como decía, ahí estábamos, masticando una jugosa carne que el bueno de Gonzo había ido a comprar a una carnicería de la Boquería determinada, ¡y no a otra!, en esas estábamos, cuando me di cuenta de que sí, que era el State Trooper pero también de que no, que no era el State Trooper, era otra cosa, era un tema que parecía haber sido compuesto ayer y no en el lejano 1982 sonando como si fuera del 1952. Pregunté por este fenómeno inexplicable a mis dos anfitriones y ahí recibí una breve y clara leccción sobre los edits y esa noche me fui a casa a dormir la mona con esa palabra revoloteando en mis dañadas neuronas: edit. Unos días después, ya sobrio, le pedí a Gonzo que pusiera por escrito lo que me había contado esa noche. Unos días más tarde, ebrio de nuevo, recibí un mail con el siguiente asunto: un libro sobre la almohada. Una amiga muy querida me deseaba buenas noches y me adjuntaba la versión en pdf de El Paseo, de Robert Walser. No recuerdo en que momento asocié edit con Walser pero estoy seguro de que no pasó mucho tiempo y pronto me puse a jugar con el inicio de ese paseo que lleva a cabo Walser por un pueblo de Suiza y que yo, bendita ignorancia, pretendía, simplemente, leer de otra manera. El resultado del experimento, junto con el texto introductorio de Gonzo, fue lo que le mandé a Jorge Carrión cuando me pidió colaborar en el primer número de El Juguete Rabioso, un fanzine de fake, remake y ensayo ficción que capitanea con entusiasmo juvenil el ciudadano más ilustre de Mataró. Añadiré que en este primer número comparto créditos con mi admirado J.R. Zavaleta quién, oculto bajo el pseudónimo de Jaime Rodríguez Z., forma con la Wiener la pareja literaria más fuerte de la literatura en castellano, ¡y de parte del extranjero también! Pero es que hay más en este juguete rabioso: la Jurado como estrella punk, Chejov como celebrity, un cómic de Alabern, textos de un tal Danielewski, que no es un futbolista polaco, y más, mucho más, por apenas 3 euros, lo que cuesta un jugo de naranja en la calle Elisabets (un jugo de naranja que, leo en Quimera, consumido en cantidades excesivas, puede provocar abortos.) ¡Cuidado! Eso sí, nada de pizzas, como mucho algún gin-tonic en el Negroni...

Cambiando de tema, o no, estuvo por Carcelona Horacio Castellanos Moya, una buena razón para leer EL ASCO, Thomas Bernhard en San Salvador, en donde se refiere a los que padecimos a los hermanos maristas...
"... Nosotros somos la excepción, nadie puede mantener su lucidez después de haber estudiado once años con los hermanos maristas, nadie puede convertirse en una persona mínimamente pensante después de estar bajo la educación de los hermanos maristas, haber estudiado con los hermanos maristas es lo peor que me pudo haber sucedido en la vida, Moya, haber estudiado bajo las órdenes de esos gordos homosexuales ha sido mi peor vergüenza, nada tan estúpido como haberse graduado en el Liceo Salvadoreño, en el colegio privado de los hermanos maristas en El Salvador, nada tan abyecto como que los maristas le hayan moldeado el espíritu a uno durante once años, ¿te parece poco, Moya? Once años escuchando estupideces, obedeciendo estupideces, tragando estupideces, repitiendo estupideces, me dijo Vega..."

miércoles, 29 de diciembre de 2010

La huida


Estoy cansado de estar siempre huyendo, dice Don Draper, el gran Don Draper, el personaje del año sin duda, por delante del combativo Assange y del no menos brillante Zuckerberg. Don Draper está cansado, se nota. La cuarta temporada de la serie más adictiva que uno recuerda te deja en un estado de dependencia emocional desconcertante. Don Draper, repito, personaje del año. No sólo lo hemos visto borracho, drogado o dormido. También lo hemos visto con lágrimas en los ojos, lo hemos visto con muchas mujeres, lo hemos visto con sus hijos, lo hemos visto nadando. Sus secretarias le aman, le renuncian, le mueren. Don Draper puede con todo, huye siempre hacia adelante, sin mirar por el retrovisor. Veo estos capítulos finales de la cuarta temporada en Buenos Aires, en este Palermo Hollywood a 35 grados con pileta y bife de chorizo. Llego huyendo del frío europeo en busca del calor del sur. Un calor infernal, dice la prensa local. A mí no me lo parece. Ni sudo. Mi cuerpo anda con déficit de calor. A diferencia de Don, yo no estoy cansado de huir. De hecho, no creo que sea una huida, apenas un nuevo desplazamiento, un nuevo cambio para seguir siendo uno mismo pero en otro lugar. Este lugar es Buenos Aires y este país es Argentina. Un país que no descansa ni en vacaciones. Una ciudad ruidosa y enérgica que cada día es un poquito más mía. Han sido dos años de Carcelona y me temo que es hora de terminar con este blog y con esta determinada manera de vivir un retorno que ha sido apenas una pausa en el camino.

No es de extrañar que en el vuelo Barcelona-Buenos Aires me acompañe EL JUEGO DEL OTRO, otro magnífico libro que los amigos de Errata Naturae nos han brindado en este agonizante 2010.

"Al fin y al cabo, no es totalmente desdeñable la idea de que un diario real, que suponemos como un reflejo "verdadero" de unos hechos, se convierta en un paño ocultador; al tiempo que un segundo diario, un diario falso, es decir, una ficción, restituya la realidad de forma tan "verídica" como podría hacerlo el primero."

domingo, 12 de diciembre de 2010

apuntes sobre animales, encuentros y autopistas


Son las 5 de la tarde de un sábado de diciembre. No hay mucho movimiento por los alrededores de Plaza España. En las taquillas del Mercat de les Flors recojo mi entrada. La publicidad, ya lo sabemos, engañosa, prometía comunicar telefónicamente el lugar de encuentro. Tuve que llamar yo dos veces para comprobar que el punto de encuentro es el propio Mercat de les Flors, a donde hubiera ido en cualquier caso. Somos tres espectadores. Una joven nos pregunta cómo nos llamamos. Forma parte de la obra, asegura. Al poco rato aparece un hombre con el pelo engominado, vestido de traje y con guantes que nos pide que le sigamos. Damos la vuelta al edificio y entramos al Mercat por una puerta lateral. El hombre misterioso nos confisca los bolsos y carteras. No ofrecemos resistencia al asalto. Quizás porque vemos un cuerpo de mujer tumbado en el suelo debajo de un coche rojo. Subimos a ese coche rojo que está aparcado al lado de otro coche rojo en el centro del Mercat, convertido ahora en una especie de nave industrial. El conductor nos pregunta de dónde somos. De Valencia, de Barcelona, de Venezuela. En Venezuela hay chicas guapas, acota el poco ingenioso chófer. Eso dicen, responde la venezolana. Nos ponemos en marcha. Damos vueltas alrededor del Mercat en obras. Por algún rincón salen un hombre y una mujer que ejecutan un baile que es más un duelo que es más un reto que es más un cortejo que es más algo que no sé que es pero que me gusta. Lo que más me gusta es verlo desde dentro del coche. Esa ventanilla de atrás se convierte en una pantalla por la que pasa esta película de época protagonizada por "un fuera de la ley en busca de su pasado y una ex-bailarina exótica". Hay también "una señorita que aparece de vez en cuando", leo ahora en el programa. El que se escapa termina solo. El chófer va cambiando de música y en algún momento viajo hacia la infancia y llego hasta esos domingos en la autopista, sentado yo en el asiento de atrás del Audi 100 de mi padre, viendo el paisaje e imaginando otros mundos en los que soy un hombre intrépido y no un aburrido hijo obediente. El viaje interior me lleva a pensar en por qué no nos han llevado a un espacio abierto, donde todo encajaría mejor. Puede que me equivoque pero diría que la pieza está pensada para otro espacio. En esas cavilaciones ando cuando, de repente, la señorita se abalanza sobre el capó y se desliza encima nuestro. La chapa cruje. Miramos a ambos lados. El fuera de la ley va a la suya. La ex-bailarina exótica rememora mejores épocas. Es como Rebelde sin Causa pero sin James Dean. Por algún motivo que no entiendo cambiamos de coche. Nos entregan un antifaz de fieltro. Nos lo ponemos. Alguien abre la puerta del coche y nos hace salir suavemente. No vemos nada. Bailamos pegados, como en la canción, con un desconocido. Creo que es un hombre el que me dirige en este baile a ciegas. Preferiría a la ex-bailarina exótica pero no puedo escoger. El que se escapa termina solo. Se detiene. Escuchamos un sonido. Sospecho que nos están tomando fotos. Regresamos al auto. Ahora, por fin, salimos del Mercat. Un peatón se nos cruza en el paso de cebra. Lo miro atentamente. Dudo de si forma parte de la pieza o no. Me fijo también en una señora que pasea el perro. No tiene pinta de bailarina. Poco antes de llegar al edificio de la Guardia Urbana nos detenemos. Bajamos del coche y recibimos un sobre con esta foto y una advertencia: sean discretos en lo que cuentan. Pues mire, no, lo contaremos todo, o casi. Porque ya está, terminó esta pieza breve con momentos inspiradores, otros prescindibles (esos elefantes, ejem), acabó esta propuesta que ofrece una interesante búsqueda de nuevas perspectivas para el espectador, un híbrido de cine-teatro-danza que me ha dado algunas ideas que quizás cristalicen en algo...

Regreso a mi estudio y regreso a mi melancolía. Me sienta mal el invierno. Busco distraerme con algún libro y todos los libros me llevan al mismo lugar. El que se escapa termina solo. Esta frase me persigue. El que se escapa termina solo.

FRESCA
de Ricardo Zelarayán

El que se escapa termina solo. Días, a la larga dentelladas, y el aire no se tiñe como el agua.

Nadie pasa de largo y nadie se aguanta tampoco.
Traicionera canción de piedras que se desmoronan. Vaya canto a la soledad. Humo negro en noche aún más negra que borrachea en el tiempo, sola al fin, suelta y olvidada como una noche cualquiera.

Se siente en los tobillos, el sueño, humo, tiempo, hace pasar los trenes, las carretas lentas, culebras, babosas, lombrices ciegas.

Las distancias cortas de los cabellos que pudieron escaparse de la piedra traída de los pelos y de la maldición dicha sin ganas, estropeada y cariada.

No más ilusiones perpetuamente iluminadas por el sol. La siesta aplana. El filo es filo.

El cuerpo... o se quiebra o se queda. Aplastado ahí nomás. Cálculo o maldición no alcanzan a salir de boca e' bagre apestado.

Sonrisa, un humo de tantos sobre un vértigo de borrachera y el humo rápido.

Guiñada oscura de los dos ojos cobardones. Grito blando. Y ni aguja ni aguijón suicida.

Cuerpo de puro salto, gritito, cuerpo blandito. Mordida sin pausa, serrucho melodiando siempre.

Traición merodea, traición melodea, traición empuja a pura uña. Y queda el arranque nomás. El arranque de arrancar todo. Borrar, pasar el trapo alegremente entre la serenata de los sapos y el humo silencioso sobre el agua.

La fresca al fin, a fresca. La flor que no se horca nunca.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Dicen que no se puede detener la revolución


Llego antes de tiempo al Mercat de les Flors. Hace mucho frío en la calle. Tomo un chupito de ron en un insólito bar de la calle Lleida. Regreso justo a tiempo. Nos esperan. Me piden firmar un papel que exime a la organización de lo que me pueda pasar. Yo sólo vine a ver una pieza de danza. Yo sólo me apunté a ver una obra pensada para un entorno específico: Dance! You can't stop the revolution. El protocolo sigue ajeno a mis elucubraciones. Una joven muy sonriente me pide la chaqueta y algo que me defina que cargue encima. Abro mi bolsa. Le dejo el CD de los Saicos que me ha regalado Chang esta mañana -según él, el punk nació en el Perú, que lo sepáis-. Dejo también una mini-libreta que iba en la carpeta que me entregaron en Sao Paulo al inicio de la Balada Literaria. En esa carpeta colocaron también un pequeño frasco con un líquido anti-resacas. Ya se sabe que la literatura emborracha. El tercer objeto que deposito es un pequeño dibujo de Maximiliano Rossini, "Ejercicios para no extrañar", uno de los regalos más exquisitos que me han hecho y que hoy sábado, mientras escribo estas líneas, tiene más sentido que nunca. Ejercicios para no extrañar. Me hacen falta esos ejercicios. La joven sonriente mete el CD, la libreta y el dibujo en una bolsa de plástico y la cierra herméticamente. Me asegura que al finalizar la obra me la entregará. Me fío de su sonrisa y me pongo un casco como los que se pone uno cuando visita un edificio en construcción. El Mercat de les Flors está en obras y quizás ésa sea la razón de este ciclo que transcurre en el barrio del Poble Sec, un barrio que se está poniendo de moda en Carcelona. Somos sólo 5 espectadores. Los 5 bajamos por unas escaleras llenas de polvo hasta las entrañas del Mercat. Allí nos recibe un señor muy poco simpático que nos hace sentar al lado de una plataforma que desciende amenazadora. Uno por uno entramos en una sala adyacente y nos colocamos un disfraz de conejo bastante ridículo. Vestidos de esa guisa salimos a la calle y nos montamos en una furgoneta. Una espectadora bolivariana comenta que esto es más divertido que Secuestro Express. El conductor no dice ni mu y da una vuelta por el barrio hasta dejarnos al final de una calle en cuesta. Bajamos de la furgoneta y recibimos un reproductor mp3 con sus correspondientes auriculares. Los 5 espectadores le damos al play en el mismo instante y el conductor y su furgoneta desaparecen. Nos sentamos en unas escaleras. Me toca ser el primero en hacer el numerito y salir corriendo calle abajo como un conejito asustado. Si me viera alguien, pienso, pero hago lo que me piden. Decido que seré un espectador obediente. Al rato me siguen los otros 4 espectadores convertidos en conejitos. La gente en la calle nos mira con poca cara de sorpresa. Otra despedida de soltero de guiris borrachos. Otro numerito del Ayuntamiento. Ya nada sorprende en Carcelona. Menos que nada 5 personas vestidas de conejo caminando por la calle Blai. Sólo algunos niños nos señalan con el dedo y alguna chica sonríe. Mientras tanto la voz del mp3 habla susurrando y recita consignas new age sobre la piel o la calle bastante simples. Me entra la sensación de que me toman el pelo. Estamos frente al Molino. Allí nos piden que nos separemos y que caminemos por el barrio. Que visitemos a algún amigo. Tenemos 7 minutos para eso. Me acerco a la Tieta donde quizás haya alguien conocido. Veo mucha gente y no me atrevo a entrar. El papel de payaso nunca me gustó. Después de reagruparnos nos entregan una bandera y caminamos como si fuéramos una manifestación de un partido que se presenta a las elecciones. Al rato llegamos a un apartamento. Subimos, dejamos la bandera, nos quitamos el disfraz y en la terraza entramos en una especie de cohete desde el que supuestamente saldremos disparados hacia quién sabe donde. Ligeros temblores y nada, nueva decepción. Salimos del chapucero cohete y ni una triste maceta ha cambiado de sitio. Estos daneses, los de la obra. tienen mucho morro. Has cambiado de piel, me dice la voz, aprovecha, continúa, o algo así. Voy a continuar, sí, ni que sea para recuperar mis objetos. Claro que el problema no es de ellos sino del programador que los ha traído del norte y que se ha gastado un pastón en una obra que no es más profunda que una gimkama de barrio ni más significativa que una visita guiada en el Bus Turísitic, sólo que aquí vas a pie y vestido de conejo. Como bien escribió José Antonio De Ory, ¿ante quién responde toda esa gente (entre ellos yo mismo) que revolotea entorno a la gestión cultural? ¿quién evalúa a los gestores? ¿hace falta programar esta obra? Está de moda sacar al teatro del teatro o hacer danza sin bailar pero no nos equivoquemos, lo que un espectador sensible quiere no es hacer cosas sino sentir cosas. Quiere experiencias. Quiere momentos que valgan la pena. Esta obra se vende como un diálogo motivador entre las voces interiores y las acciones exteriores. Ja ja ja. Un viaje para sentir, para hacer y para conocernos. No insulten mi inteligencia. Aguantarle el perro durante 10 segundos a un señor cualquiera no me hace sentir nada. Llámenme insensible si quieren. No necesito que unos daneses me enseñen el Poble Sec. Lo conozco bastante bien. No me gusta el rol de espectador pasivo pero me gustan aún menos las obras pajilleras con pretensiones místicas. ¿Hace falta devaluar más la palabra revolución? No puedes poner un título así y luego hacer esta fantochada ¡Que vuelva el Living Theatre! La cosa termina en un bar cerca del Lliure donde acabamos viendo nuestro propio rostro proyectado en un almacén de cajas. En fin. Esto es lo que hay. Las vanguardias artísticas europeas son así. El balneario europeo cada día más aburrido. Que alguien nos rescate.

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Convertir un espectáculo en una experiencia.
Hacemos teatro para provocar la mirada del observador, y lo primero que tiene que hacer el teatro es despertar en nosotros el deseo de seguir mirando.
Cuando una obra de teatro es mala es porque lo único que muestra es “espectáculo”. Eso significa que se enfrentan dos mundos totalmente distintos: los intérpretes con sus propias ideas y sus convicciones a un público formado por una serie de personas reunidas al azar. Eso ha dado lugar a una división arquitectónica entre el público y el intérprete a la que podríamos llamar el “teatro de dos salas”. Esa división es una expresión exterior de algo mucho más esencial: no existe el deseo profundo de compartir plenamente la experiencia.
No podemos pretender que un público, una mezcla heterogénea, normalmente con pocas cosas en común, entre a formar parte de pronto en un acontecimiento compartido. Necesita pasar por un proceso. Lo que se pretende con ese proceso es aproximar lo “interior” y lo “exterior”. Convertir un “espectáculo” en una “experiencia”.


La libertad implica salir de los teatros.
El acto de entrar en el edificio de un teatro conlleva toda una estructura de asociaciones y prácticas que conforman en gran medida la experiencia que tendrá lugar a continuación. Estas asociaciones disuaden a un gran número de jóvenes de pisar un teatro. Un experimento nuevo debe tener lugar en un sitio neutro que no se convierte en teatro hasta que se desarrolla el acontecimiento vivo.

La ilusión del teatro y la realidad del juego.
Y, como cuando vemos un partido de fútbol, no es necesario que eso que llaman “ilusión” lo absorba por completo. Nadie puede estar más absorto por un acontecimiento que cincuenta mil aficionados al fútbol y, sin embargo, en ningún momento se olvidan de que están en un estadio, de que hay gente a su lado. No desconectan y piensan que los han transportado a una tierra de nunca jamás. La característica, a lo largo de los siglos, del teatro a la italiana es que el público es invitado (aunque pocas veces funciona) a participar en un juego distinto, que consiste en fingir que ellos mismos y su mundo han desaparecido por completo y que este otro mundo que ve en el escenario es totalmente real. Pero el teatro no es otro mundo: el juego es el juego.